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Deja que tus latidos se acompasen
por encima del horizonte;
que se fundan en la aguas eternas
en el preciso instante
que una guitarra suena,
templando sus cuerdas
con su propia alma.
Y que su ritmo lo guarden las flores,
surgiendo de ellas
el silencio de cada caricia,
semillas de olivo,
ramas de vida,
que si bailarán dicha canción
descubrirían asombradas el sol.
Una vez más
serán rizadas por tus labios,
como la luz del faro
parpadea en cada vuelta,
prometiendo, amarillenta,
el azul de un nuevo día,
el brillo que nace en ti
y dentro de ti, mira.
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